Traficante

Llamaron a la puerta. Jacinto se sentó en la cama mientras se frotaba los ojos enrojecidos. Los golpes volvieron a sonar con más fuerza. A través de las rendijas de las persianas se podía adivinar el resplandor azulado de los vehículos de la policía. Creyó oír voces amenazadoras. No encendió la luz, para qué. Ya no había tiempo. La puerta no resistió siquiera la primera embestida del ariete. La marea humana vestida de gris se ocultaba tras cascos, uniformes acolchados y amenazadoras porras eléctricas.

El que parecía el jefe sonrió al tiempo que señalaba la descuidada pila de libros prohibidos.

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Lastre

En una bpaper-bag-297223_960_720olsa le entregaron sus pertenencias personales, aquellas que un día le arrebataron… Contempló aquellos objetos inertes con ojos impersonales. Aquellas cosas que habían significado tanto para él habían perdido completamente su atractivo, ya no significaban nada. Hasta aquellas pocas monedas de cobre habían dejado de tener valor. Esbozó una amarga sonrisa mientras miraba el retrato de una de ellas, y se dio cuenta de que aquellos años habían dejado muchas otras cosas en la cuneta además de a él mismo. Las tiró a una papelera cercana junto al ya inútil peine y el sobado envoltorio. Sólo se quedó con el poco dinero moderno que le habían dado al salir de la cárcel y el recorte de periódico local donde se reflejaba el crimen del que fue acusado. Llegó a una cabina y descolgó el auricular:

—Hola, Silvia. Me debes quince años.

Fuera de Cobertura


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Recibí “Te amo”. A mí, no al otro imbécil. Pero su móvil siempre está apagado. En el reportaje de su boda sonríe radiante junto al que dice no querer.

Tiempo de Grieg

#EsTiempoDeGrieg

Edvard Grieg – Peer Gynt Suites – 1 and 2 (YouTube)

Amanecer según una marca de cerveza

En la mansión del Rey de la Montaña según un producto para adelgazar

La Pesadilla de Gilgamesh, capítulo XII – El Embrujo Escandinavo

Amanecer. El Auditorio se encontraba a oscuras y apenas se distinguía el movimiento de la batuta entre las brumas del fondo. Algún que otro breve chispazo permitía imaginarse el rocío posado en las hojas de los árboles. Poco a poco aumentó la intensidad de la luz sobre el gigantesco escenario en el que se empezó a divisar el intrincado bosque escandinavo del joven Peer Gynt.

Pero todo fue muy breve, demasiado breve para Joseph Derr, que giraba su cabeza continuamente. Se sentía acechado, espiado, y no había encontrado el modo de concentrarse en los delicados acordes de La muerte de Aase.

¡Ahí estaba! Por fin consiguió divisar al Director ocupando el palco VIP. Como siempre, llegaba tarde. El maldito le dirigió una mirada maligna que terminó por echarle a perder La Danza de Anitra. No reconoció a ninguna de las mujeres que lo acompañaban, pero no tenía ninguna duda de que estaban en nómina. Gimió: como él.

El malnacido seguro que lo había calculado hasta el último segundo. Sabía que la danza oriental del tercer movimiento era lo mejor de la representación. Además, el holograma era, por describirlo de un modo breve, excepcional. Y el muy patán tenía que presentarse justo cuando comenzaba a subir la música, con el fin de distraer la atención del público, los intérpretes… ¡maldita sea! Menos al holograma (lógicamente imperturbable en su inexistencia), ¡había molestado al todo UR!

En el Anillo donde se ocultaban los músicos se encontraba también el proyector de los hologramas. La explosión de luz que acompañó a los contrabajos representaba el cuarto y último pasaje, pero todo se vio truncado nuevamente por las impacientes miradas que le dirigía Julius. Y por la vibración en su terminal.

Joseph no tuvo más remedio que resoplar y levantarse de su localidad mientras comenzaba Rapto y lamento de Ingrid. No se encontraba de humor para disfrutar más de Grieg, y también estaba el maldito deber.

Se dirigió a la salida mientras miraba a hurtadillas los hologramas en el momento que llegaban a su máximo esplendor. Gimió de nuevo.

La K Cristina (constante universal)

Coincidimos en la Plaza del Obradoiro, en Santiago, el puente de la Constitución de 1993. En algún álbum tengo la foto tomada a la entrada del Parador de los Reyes Católicos donde te alojabas, y en la que inmortalizamos sonrientes el momento.

Volvimos a encontrarnos en un AVE Sevilla-Madrid en el 95 ó 96. Compartimos tren, pero no vagón, porque yo viajaba en turista. A la salida, en Atocha, nos saludamos y te recordamos la ocasión anterior.

El 30 de diciembre de 2008 salías de la Alhambra cuando yo entraba. Reconozco que me quedé paralizado y no supe reaccionar. Sabes que te hubiera saludado. Lo nuestro ya es una relación de años…

Todavía no sé las fechas ni el lugar al que me dirigiré en mi próximo viaje, pero tengo la certeza de que volveremos a coincidir, Cristina Almeida.

Los ciruelos de Kameido

La Pesadilla de Gilgamesh, capítulo VIII – Palmeras de Mentira

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(…)

Se detuvo frente a la estantería hasta que el rojo cielo se fijó en su retina, de modo que ni apartando la vista, ni siquiera cerrando los ojos, pudo dejar de sentir su fuerza.

Se había recibido la tablilla dentro de un paquete que contenía material de oficina para su departamento, y aunque había sido imposible determinar quién era el remitente, o el motivo del envío, estaba claro que iba destinada a él. Una visita relámpago al Brooklyn Museum en Nueva York le había permitido admirar una estupenda copia donde se suponía debería estar expuesto el original, lo que aumentó su desconcierto. ¿Quién diablos había robado la tablilla, y cómo había conseguido mantenerlo en secreto? Y lo más preocupante ¿Por qué se la habían enviado precisamente a él?

Le aterró comprobar que la sala dedicada a Hiroshige era un inmenso aunque increíblemente desconocido fraude, lo que quizá significaría recibir más envíos comprometedores como el que en ese momento reposaba en su despacho.

(…)

La Chica del Trolley

 

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Dejó que las escaleras mecánicas la llevaran a la superficie mientras consultaba su móvil. Aún no había recuperado la cobertura cuando llegó a los tornos de salida. La luz del sol hizo inútil su intento de distinguir algo en la pantalla, y tuvo que guardar el terminal en un bolsillo para dedicar toda su atención a una de las ruedas del trolley que arrastraba con la mano derecha, que se empecinaba en atascarse con todos los objetos que encontraba.

No tenía ningún mensaje. Tampoco ninguna llamada perdida. El polígono industrial en el que había desembarcado estaba desierto. A lo lejos se adivinaba un centro comercial al que parecían dirigirse los pocos coches que circulaban esa mañana de sábado. Quizá fueran dependientes que además sufrían el castigo de tener que abrir la tienda.

Buscó el número en la lista de contactos recientes y pulsó el botón verde. De nuevo, el buzón de voz. Colgó. Se dijo que quizá Pablo estuviera conduciendo hacia allá, y por eso no podía atender la llamada.

El hombre que no se llamaba Pablo estudiaba a la mujer desde su refugio. El abrigo y el gorro que vestía no le permitían adivinar sus formas, pero lo poco que podía distinguir de ella le gustaba. Le gustaba sobre todo su altura, que podía calcular comparándola con la señal de tráfico alrededor de la cual estaba paseando mientras tiraba de aquella estúpida maleta.

Hacía frío en su furgoneta, pero no podía arrancar el motor y poner la calefacción. No quería que su traqueteo o una indiscreta columna de humo delataran su posición. Se consoló repasando mentalmente las conversaciones que habían mantenido por internet mientras se frotaba las manos y soplaba entre ellas para tratar de extraer algo de calor. Celia había comentado que su primera cita en persona merecería que llevara “algunos juguetes”, lo que le había provocado una erección inmediata, pero seguía dándole vueltas a lo que podría contener aquel trasto con el que cargaba.

Se relamió mentalmente. Él también tenía sus juguetes. Allí mismo, en la furgoneta. Se retorció en su asiento hasta alcanzar una de las cuerdas que pronto, muy pronto, abrazarían aquellas muñecas y tobillos. Rascó infructuosamente una gota de sangre de uno de los nudos. No recordaba a quién pertenecía. Aquello le molestó.

Ella volvió a sacar el teléfono del bolsillo del abrigo y marcó el número de Pablo. Su mirada se perdió en el tejado del centro comercial mientras esperaba el tono de llamada.

Ignoró el sonido del teléfono. Había escogido algo especial para Celia, algo que evocara la sensualidad salvaje que le había transmitido en sus mensajes escritos, y estaba convencido de que Maneater de Hall & Oates era perfecto para ella. La miró moverse de aquella forma felina por la acera junto a la parada de taxis mientras sonaba la música, pero le frustró que terminase tan pronto. Deseó que volviera a llamar, pero la vio volver a guardar el teléfono.

De pronto, hubo algo que le hizo inspirar profundamente como si pudiese absorber toda su esencia a pesar de los metros que los separaban: Celia se había quitado el gorro y se había atusado el pelo. Entrecerró los ojos para saborear el momento. La vio agitar levemente su cabeza, pudo distinguir hasta el último detalle del brillo de sus cabellos mientras volvían a desaparecer bajo el gorro de lana…

Y comprobó que no era rubia natural.

Suspirando, el hombre que no se llamaba Pablo apagó el móvil. Retiró la batería y extrajo la tarjeta SIM, que tiró a la papelera tras retorcerla.

La mujer que no se llamaba Celia miró su teléfono con frustración antes de guardarlo en un bolsillo. Prestó algo de atención a la furgoneta que salía del aparcamiento, algo sobre una empresa de reformas y un número de teléfono borrado. Giró la muñeca para que el trolley echara a rodar y caminó de vuelta hacia la estación de metro.

Cómo pesaban aquellos malditos cuchillos.

 

(c) 2016, Ramón Bassons Baña

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Publicado originalmente en ElBlogOnanista. También disponible en el área de Descargas.

Reboot

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Se inicia el traspaso y la actualización de las páginas originales en HTML, que hasta ahora habían ido peregrinando de servidor en servidor.

Para los interesados en la arqueología, el original sigue disponible aquí.

Las razones para un nombre

¿Por qué GILGAMESH? Hay varias razones para que una obra como ésta utilice el nombre de Gilgamesh… pero, ¿cómo explicarlas sin adelantar su contenido?

UR y URUK son las primeras ciudades de la Humanidad.

UR es el inicio de la escritura, y por tanto significa el paso desde la Prehistoria a la Historia.

GILGAMESH es un simple ser humano que trata de alcanzar la inmortalidad, por lo que los dioses lo ponen a prueba (el famoso episodio en el que no debe dormirse durante un largo periodo de tiempo), y fracasa. ¿Qué soñó GILGAMESH?

OTRO importante evento en cierto modo documentado por esta civilización hace referencia a un momento crítico para la Humanidad: el diluvio.

Si quieres saber más, antes de continuar puedes visitar la página de Datos

Los puntos anteriores son aplicables (de algún modo) a La Pesadilla de Gilgamesh.