Legado

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Lo que queda de nosotros, al final de nuestras vidas, es una caja de cartón con un montón de frágiles figuritas envueltas en papel de periódico.

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Pasión

#historiasdefútbol

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Dejó la última caja de cartón, la que estaba rotulada con la palabra libros, en el dormitorio que había decidido se convertiría en su despacho. Cuando consiguiera que el propietario se llevase las literas. Tomás se secó el sudor de la cara con la manga de la camisa y se arrepintió inmediatamente. Buscó la maleta en el dormitorio principal y extrajo un polo no demasiado arrugado.

Un vistazo rápido desde el pasillo hacia la cocina, donde la nevera apagada mostraba su interior, lo terminó por convencer de que bajase al bar que había visto en la esquina.

La calle estaba desierta, nada que ver con los ruidos acelerados que había percibido cuando había dejado el coche en doble fila para descargar sus trastos.

La respuesta estaba precisamente en su destino: había partido de la Selección. Cómo podía haberlo olvidado. Le costó un triunfo y varias miradas agrias acercarse hasta la barra y conquistar un palmo de terreno desde el que poder hacer señales a uno de los camareros. Varios grupos de personas, en realidad una marea de camisetas rojas con las caras maquilladas, ocupaban hasta el último milímetro del espacio que le separaba de la tele. Y qué tele: no recordaba haber visto nunca una pantalla tan grande.

Y de pronto, el gol.

El aullido lo pilló con la mano levantada en dirección al camarero, así que pareció que lo estaba celebrando con anticipación.

—¿Ya lo sabías?

Tomás giró la cabeza. Sonrió tras lanzar una mirada valorativa a su interlocutora: ojos de color avellana, morena, pelo largo, bonito cuerpo que se adivinaba bajo la inevitable camiseta roja, vaqueros…

—Jajaja, no. Trataba de pedir una…

—Espera. —Levantó, ella también, una mano—. ¡Miguel! ¡Cerveza!

Dos botellines aparecieron junto a ellos.

—¡Oye! ¿Cómo…?

Ella  se encogió de hombros e hizo un mohín con la boca. Acercó sus labios:

—Siempre funciona. Deberías probarlo.

A su alrededor la gente seguía abrazándose. Se felicitaban y comentaban la jugada.

—Salía a fumar… ¿vienes?

Tomás la siguió. Tiempo tendría de decirle que había dejado el tabaco hacía más de diez años.

El Halcón

La Pesadilla de Gilgamesh, capítulo I – Los Murciélagos

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Las capas fosforescentes de los murciélagos dejaban retazos luminosos en las retinas de los que, sin querer arriesgarse a volar, contemplaban las evoluciones de las cometas humanas desde el mirador de la cafetería. En la oscuridad de la chimenea era lo único que podía apreciarse además de las pequeñas tiras luminosas ancladas a diferentes alturas que, sopladas también por el fuerte aire procedente de la base del cilindro, se agitaban alocadas indicando el funcionamiento de la turbina.

Algunos se lanzaban desde el trampolín de los torpes, allá en lo alto, conscientes de que su inseguro planeo les llevaría inevitablemente a la red protectora de la parte inferior de la chimenea en apenas unas pocas evoluciones. Los delataba su timidez en el momento de desembarcar en la plataforma superior de la rampa mecánica que, como un serpentín, ascendía por el exterior del tubo de planeo. Sus capas eran grises y mortecinas, carentes casi absolutamente del colorido y belleza de los adornos en la vestimenta de los más experimentados, los dioses del planeo que alzaban el vuelo desde la plataforma inferior.

Lancelot Conway era uno de ellos. Un triunfador del planeo. Su capa no sólo se adornaba con los luminosos reglamentarios, sino que lucía con orgullo los emblemas de los clubes más prestigiosos del planeta: Singapur, Londres, Hong Kong, Osaka… Estallaba de satisfacción cuando hacía una fulgurante pasada bajo un angelillo que, distraído por el refulgente colorido de su vestimenta, olvidaba tomar medidas para no perder la sustentación y caía contra la red entre las carcajadas de aquellos otros que aleteaban torpemente hasta llegar a un asidero que les evitara la misma vergonzosa suerte.

Consultó su Patek y esbozó una mueca de fastidio. Odiaba planear con hora. Prefería abandonarse a las corrientes sin tener que estar preocupado por sus citas posteriores, pero la de esta noche era muy importante. Y era con alguien a quien no convenía hacer esperar.

Se lanzó en picado para despejar su mente de todo lo que no fueran las amistosas corrientes de aire. Ya casi a la altura de la red protectora, justo donde los más torpes agitaban sus brazos desesperados para recoger un soplo que los mantuviera agónicamente en el aire, maniobró con elegancia y tomó altura hasta llegar a la plataforma superior, donde desembarcó entre aplausos y vítores. Allá abajo, varios angelillos botaban furiosos en la red.

(…)

 

Un Botón Inocente

unsubscribeMeditó largamente su decisión. Finalmente meneó la cabeza, apretó los labios y movió el puntero del ratón hasta iluminar la palabra Unsubscribe.

Aquel click cambió su vida.