El Bosque del Silencio

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La primera vez que escuché el nombre del Bosque del Silencio pensé que había pocos sitios con un apelativo tan acertado como ese. Aparte, naturalmente, de la isla Comino, junto a Malta. Es cierto que se trataba de un nombre de mercadillo, puesto por la gente que lo bordeaba cada tarde con sus perros. Me dijeron que también lo llamaban así en un club de ciclistas. Pero desde luego no era el nombre con el que figuraba en la cartografía oficial.

Ocupaba una enorme extensión del monte, prácticamente toda la vertiente que el río rodeaba desde el norte hasta el sureste de la urbanización y que, más allá, en la vega, se convertía en el límite de la propia ciudad. Como todo lo verde que crecía en aquella parte de la geografía madrileña, se trataba de una superficie repoblada por pinos hacía años. Las filas en las que se ordenaban delataban su naturaleza planificada.

Al poco de mudarnos, aquel primer verano de calor pegajoso que nos hizo plantearnos si nos habíamos ido a vivir a una sucursal del infierno, toda esa parte del pinar sufrió un incendio en el que los helicópteros incluso tuvieron que coger agua de algunas piscinas para sofocarlo. Cuando llegó el momento de hacer inventario se vio que algunos árboles eran irrecuperables y no había más remedio que talarlos, mientras que otros, en este Bosque del Silencio, se podían mantener pues conservaban sus copas verdes a pesar de que sus troncos mostrasen las cicatrices ocasionadas por el fuego.

Ni siquiera por las mañanas podía pasar por un pinar normal. Aunque el sol que lo iluminaba desde el río hacía reverdecer el musgo maltrecho que se atrevía a sobrevivir al pie de algunos árboles, el resto del suelo estaba muerto. Por las tardes, una vez que el sol se había ocultado tras la cima del monte, su aspecto era aún más amenazante. De los veinte metros o más que podían llegar a medir aquellos árboles, los primeros ocho o diez eran ramas desnudas, calcinadas, adornadas solamente por unas piñas petrificadas.

Lo primero que llamaba la atención cuando se afrontaba el ascenso para llegar al mirador sobre la vega era, precisamente, el silencio que le daba nombre. No se oía ni el piar de ningún pájaro pequeño, ni el graznido de urraca alguna. Tampoco se veía nunca nada sobrevolando aquel trozo de tierra. Incluso esos pájaros parecidos a gaviotas procedentes del río y que atravesaban la ciudad en dirección a los nuevos barrios daban siempre un cuidadoso rodeo, evitándolo como si fuese espacio aéreo restringido. Quizá en su momento ardieran sus nidos y ya se sabe que las aves son muy rencorosas. Al nivel del suelo tampoco se escuchaba el leve corretear de algún conejo como sí pasaba en otras zonas del mismo pinar. Ni siquiera el zumbido de un insecto o el siseo de una serpiente, tan parecido al que hace el gas de una botella de gaseosa al escaparse. Nada vivía allí que se moviera o hiciese ruido.

Una madrugada de agosto subimos hasta el mirador buscando un sitio despejado desde donde ver las Lágrimas de San Lorenzo. Desde el jueves anterior habían estado machacando con aquello en todos los telediarios, algo querrían ocultar. El caso es que convinimos en buscar un sitio despejado donde ir toda la familia. Los chavales habían gritado muy ilusionados cuando les propusimos el plan, iba a ser una aventura fabulosa. Una expedición en toda regla. Quién sabe qué animales fantásticos se imaginaron que descubrirían. Para llegar allí desde la cara sur del monte, donde vivíamos, había que atravesar esa parte del pinar por su estrecho camino. Hicimos el recorrido alumbrando el sendero mi mujer y yo con las potentes linternas que habíamos cogido de nuestros coches. Los chicos, por su parte, llevaban unas ligeras, de colorines. Juguetes de plástico con imágenes de alguna de sus series de dibujos que, a pesar de tener pilas nuevas, proporcionaban una luz más amarillenta que eficaz. La luna, en alguna fase intermedia que no supe precisar, ayudaba bien poco, salvo para alargar las sombras de las ramas y hacer que se retorciesen de un modo pavoroso. Me recordó el comienzo de Blancanieves. Es posible que a los críos también se lo recordase, pues a los pocos metros de internarnos entre los árboles, cuando nos invadió la negrura, ya no les hizo tanta gracia la expedición. Sus haces de luz se agitaban alumbrando a un lado o a otro, a cual más aterrador, y no pararon de llorar y apretar nuestras manos el resto de la ascensión hasta el mirador.

Después de un angustioso camino de vuelta, recuerdo que apenas habíamos contabilizado un par de estrellas fugaces que ni mucho menos sirvieron para aportar algo de magia a la velada, mi mujer tuvo que compartir con ambos nuestra cama y a mí me desterraron al cuarto de invitados.

Arriba, En la Buhardilla

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