Tiempos de

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Carlota vestía un pijama con lo que parecían ositos que le quedaba de lo más cuqui. Quizá un poco infantil, pero a Javier le encantaba esa imagen que transmitía de querer seguir siendo una niña.

Ella no se llamaba Carlota, claro. O eso suponía. Ya sería mucha casualidad. Javier la había visto alguna vez “antes de”. Ahora los tiempos se clasificaban en “antes de” y “ahora”. En aquellos tiempos lejanos, en un otoño de comienzos de curso, en un par de ocasiones había coincidido en los tornos del metro con aquella chica atlética, pelín desgarbada pero que a los dieciséis años de Javier le parecían tremendamente atractiva. Por el libro de texto que llevaba en la mano, el que supuso no había cabido en la repleta mochila que cargaba a su espalda, descubrió que estudiaban el mismo curso de Bachillerato. Imposible saber qué instituto o colegio, salvo que no era el mismo porque no coincidían ni editorial ni formato.

En aquellos tiempos lejanos Javier no era nadie en quien ella se fijaría. “Ahora”, sin embargo, era su único horizonte, pues en todo su bloque, toda la fachada que daba a la ventana de Carlota, bien que lo sabía él, no había nadie que tuviera menos del doble de sus años. Y la mayor parte de los vecinos, “tranquila, doña Asunción, no corra, ya le aguanto yo la puerta del ascensor”, tenía por lo menos el cuádruple.

Los primeros días se espiaron furtivamente. Javier la descubrió la primera vez casualmente, al bajar la vista después de mirar aburrido el cielo. Cansado de catalogar nubes. Ella no miraba el cielo sino su bloque. Su mirada aún no era de hastío, sino que más bien evaluaba las dimensiones de su encierro. Javier le sacaba dos días de ventaja en aquella cuarentena.

Él la miraba sentado a la mesa donde se suponía que estaba haciendo los deberes, y ella hacía como que no se daba cuenta. A veces ensayaba pasos de danza, descalza sobre una alfombra de colores indeterminados, a veces practicaba lentos movimientos más parecidos a yoga. Cuando ella giraba la cabeza de pronto, él la agachaba sobre sus cuadernos, confiando en no haber sido sorprendido. Sabiendo que había sido sorprendido. Entonces sus mejillas se encendían y no tenía más remedio que huir a gatas para no mostrar nada de sí en su retirada.

Imposible retirada, porque él sabía que compartían la misma experiencia. Javier la buscó en redes sociales, ¡vaya si lo hizo! Pero no hubo modo. Carlota no estaba, o él era muy malo buscando #EncerradaEnMiCasa y #DichosoVirus. Tampoco ella lo encontró. O quizá ni siquiera lo buscó porque estaba más cómoda, también más ilusionada, jugando a un juego donde internet no cupiera.

Un día, como cualquier otro, eran ya tantos, Javier miraba a Carlota embelesado. Había comido en su cuarto, como también tenía que hacer él, sobre la mesa donde la había visto hacer los deberes. Una bandeja de plástico depositada puntualmente junto a la puerta de su dormitorio, como también recibía él. Ventajas de vivir en un sexto piso mientras que ella, calculó, lo hacía en un tercero. Casi hasta podía adivinar la asignatura que estudiaba en cada momento, y eso que se resistió a sacar de su funda de cuero los prismáticos que había heredado del abuelo. Una cosa era mirar por la ventana y otra, ¡vaya! No quería ser como ese tío de la película que estaba confinado en casa porque se había roto una pierna y espiaba a los vecinos como un psicópata.

Carlota siempre había cumplido fielmente su  horario: a las ocho, la bandeja con el desayuno, que tomaba en pijama sin ninguna prisa. Saboreando aquellas galletas que mojaba en ¿café, cacao? Y tras lo cual desaparecía para lo que Javier suponía era el aseo, pues a eso de las nueve volvía a ser visible y ya vestida con ropa cómoda de andar por casa, deportiva sin pretensiones, y la coleta arreglada. Después, un par de horas de estudio, aburrido estudio en el que por más que se esforzaba no encontraba ningún parecido con lo que él también tenía que estudiar. No coincidían los libros y la mano derecha donde ella escribía quedaba fuera del ángulo que él podía observar. A las once siempre hacía la parada que Javier llamaba el recreo. Se levantaba y estiraba brazos y piernas, daba saltitos de puntillas y giraba el cuello con los ojos cerrados de un modo que lo cautivaba. Una vez acababa aquellos ejercicios miraba ensoñadora unos instantes hacia el infinito y volvía a sus libros hasta la hora de comer.

Aquel día, sin embargo, fue diferente. Había depositado la bandeja en el suelo cerca de la puerta que limitaba su encierro y había iniciado una sucesión de lentos movimientos que Javier clasificó como yoga aunque no había encontrado nada parecido en los tutoriales que se había empapado cuando se suponía que tenía que estar estudiando el tiro parabólico y ciertas indeterminaciones de los límites cuando n tiende a infinito.

Carlota se había descalzado y se apoyaba en su pierna derecha mientras la izquierda se doblaba en un ángulo que parecía imposible. Su cabeza estaba girada y sus ojos, de los cuales Javier sólo podía adivinar el derecho, estaban cerrados. La coleta le resbalaba sobre el hombro derecho y aquella imagen le pareció lo más sexy que había visto en semanas.

Y de pronto se lo volvió a hacer. Giró la cabeza y lo miró. Directamente a los ojos. Y sonrió.

El encierro dejó de importar.

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