Palmeras de Mentira

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No hacía ni dos años de aquello.

Pieter era un burócrata policial de segunda fila en todos los sentidos. Cansado de perseguir pequeñas bandas de ladrones de coches en Baviera, y agobiado por un divorcio que lo había dejado en la calle, solicitó el traslado desde su adorado Munich prendado de una belleza eslava con la que había tenido un breve escarceo en Lanzarote, y que por supuesto lo abandonó (o mejor dicho, terminó por ignorarlo definitivamente) una vez se presentó él, por sorpresa, con su cazadora raída, una mochila al hombro y su mirada de cordero degollado en la oficina que ella ocupaba en el Hermitage.

Tardó menos de quince segundos en obtener la ayuda necesaria en forma de fornidos vigilantes del museo. Menos de un minuto después su dignidad (y el resto de él) se encontraban por los suelos junto a la entrada de funcionarios de un edificio anexo. Y encima se puso a llover. Gotas gruesas que hacían salpicar partículas diminutas de nieve helada del suelo.

Así que ahí estaba él. Había pedido el traslado a un sitio del que todo el mundo huía, lo que explicaba la celeridad con la que se lo habían concedido, y su adorada Helena con H, como le gustaba decirse, tenía un proyecto vital en el que él no figuraba ni siquiera como espectador.

Pero no se rindió. Día tras día espió los movimientos de su chica: por aquel puente cruzaba el río Neva, en esa parada subía al autobús, y allí compraba comida para gatos. Y también algunas noches de fin de semana: en ese local con fama de bohemio, la cerveza con unas compañeras de la facultad que, despreciando las más elementales normas éticas y aprovechando su puesto en la Policía, también había investigado. En ese otro tugurio más tradicional, un café con algunos compañeros del museo, nada especial. Ninguna relación en especial. Entonces, ¿por qué despreciarlo de ese modo? ¿Acaso no lo habían pasado bien en aquella excursión a la Playa del Papagayo donde se bañaron desnudos, hicieron el amor y se rebozaron en la arena? ¿No le había gustado la cena a la luz de las velas en los Jameos del Agua? ¿O era precisamente esa actitud de servilismo de Pieter la que le había alejado de Helena con H?

El caso es que él se encontraba exactamente en esa situación. Un servilismo total que se complementaba con la persecución a la que la sometía. No era acoso porque pensaba, mejor dicho confiaba, que ella no se hubiera dado cuenta. Esperando el mejor momento para acercarse y confesarle de nuevo su amor. Un completo imbécil.

Y justo el día que había decidido que la abordaría a la salida del café, previo al solitario paseo que la llevaba hasta su apartamento poblado de gatos, se desencadenó el horror. El procedimiento era siempre el mismo: una furgoneta con puerta lateral corredera se acercó a Helena tras realizar una brusca maniobra antes de uno de los puentes, unos brazos la agarraron y la arrastraron dentro, tras lo cual aceleró.

A pesar de su entrenamiento como policía Pieter no salía de su asombro: ¡le habían robado el objetivo en sus mismas narices! Abrió la gabardina y extrajo su arma cuando oyó un fuerte acelerón. Después estalló su cabeza.

[…]

 

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