Los Pucheros de Carmina

PucheroFuego

El contenido del perol de cobre burbujeaba al fuego mientras Carmina removía su contenido con un cucharón de palo renegrido. Había más col que carne. Quedaba muy poco del conejo que había caído en su trampa días atrás. Una primavera demasiado lluviosa había anegado los campos y provocado que se pudriera el cereal. El hambre asomaba el hocico, sería un duro invierno de despensas vacías. Varias personas ya habían caído enfermas en el pueblo.

Sonó un golpe seco en la puerta de madera que a duras penas la aislaba de las dentelladas del frío exterior. Carmina crispó sus dedos alrededor de la herramienta y, enarbolándola como un arma improvisada, se acercó con precaución a la entrada de la chabola. Habían deslizado por el hueco de debajo una hoja de papel doblada, que se agitaba por la corriente de aire. Abrió la puerta y dirigió su mirada hacia el camino embarrado que descendía hacia la aldea, pero ya se habían ido. Nunca había nadie.

Recogió el papel y lo desdobló, asintiendo en silencio mientras examinaba su contenido: una única línea escrita con tinta temblorosa. Lo dejó caer en el fuego y observó con curiosidad cómo las llamas lo agujereaban y sus cenizas alzaban levemente el vuelo antes de desaparecer.

Lanzó una mirada ausente al perol. Suspirando, lo apartó del fuego y lo tapó. Tenía que revisar las trampas. Quizá había habido suerte y podía acompañar la col con algo más de carne. Se echó por encima una capa que sabía que terminaría empapada en poco rato y salió de la vivienda. Atrancó la puerta como solía hacer, con la confianza de que no poseía nada que mereciera ser robado.

Se internó en el bosque buscando las discretas señales que había colocado para ayudarse a localizar los lazos. También prestaba atención a las marcas que hubiera podido dejar a su paso cualquier pequeño animal. El primer lazo estaba intacto, nadie había pasado por allí. Tuvo más suerte con el segundo, que había escondido bajo unos densos arbustos. No por el pequeño ratón de campo que había quedado atrapado, porque debió haber ocurrido hacía unos días y ya habían dado cuenta de él los insectos. Sólo quedaba un pellejo inservible. Justo al lado, sin embargo, descubrió un anillo de hadas. Recogió las setas y las guardó con cuidado en el hatillo que siempre llevaba.

No sería un mal día, después de todo, pues un conejo había caído en la tercera trampa. Se había descoyuntado sin éxito la pata que tenía atrapada por el lazo y observaba a Carmina con mirada triste. Pidiendo una ayuda que no le llegaría precisamente de ella. Retorció su cuello con un movimiento rápido. Volvió satisfecha a su cabaña después de volver a colocar las trampas. No le importó que la gruesa capa de lana sobre sus hombros pesara el doble por el agua que había ido acumulando.

Peló el conejo, lo troceó y echó una de las patas traseras en un nuevo perol de cobre, más pequeño, dejando el resto para el puchero grande. Ese perol pequeño recibió también las setas troceadas después de quitarles la tierra y el verdín del bosque. Al poco, la chabola se inundaba con la fragancia del guiso, que sirvió en una cacerola de barro que sopesó con sus manos encallecidas. Tapó el recipiente con un paño limpio y lo depositó en el exterior de la vivienda, en el alféizar de la ventana. Poco después de anochecer comprobó que se habían llevado su guiso y en su lugar habían dejado una cazuela de barro nueva.

A la mañana siguiente, el lento tañido de la campana de la ermita informó innecesariamente a la aldea.

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