Mascota (i y ii)

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Alice correteaba con Juno por el parque. Subían y bajaban las pequeñas colinas incansablemente, dando grititos de alegría, resbalando en la hierba. Le lanzaba hojas secas sobre el hocico a su compañero de juegos. Le retorcía las orejas peludas. Sus rubios cabellos despeinados le caían sobre la frente, dándole un aspecto angelical que no se correspondía, al decir de su mamita, nada con la realidad.

Mediodía en el parque, un día primaveral. Una preciosa niñita rubia de ocho años jugaba con su mascota. Y alguien los estaba observando.

Se embozaba en una gabardina, ocultando sus rasgos. La mirada furtiva. Extrajo un objeto del bolsillo derecho, una pistola lanzadardos tranquilizantes. Con serenidad apuntó a su objetivo y presionó el disparador.

Juno cayó en redondo, como muerto.

El sargento Julius B. Haggarth resoplaba asfixiado por el esfuerzo. El último aviso localizaba a Sócrates en el Parque Memorial. Tony D. Jones, su ayudante, corría tras él sin aparentar síntomas de cansancio. Se detuvo a recuperar el aliento mientras oteaba el horizonte. No se divisaba nada. Quizá estuvieran tras la siguiente loma. Encendió un cigarrillo, el último. Arrugó el paquete y lo tiró al suelo distraídamente. Tony lo miró como si acabara de cometer un horrible crimen.

—Vamos, hombre, no es para tanto. —Haggarth se defendió de la acusación no pronunciada.

—Sargento, algún día nuestros hijos querrán pasear a sus hijos por este parque, y querrán encontrarlo limpio…

—¿Sabes qué te digo, Tony?

Tony lo miró con curiosidad.

—¡Que les den por el culo a los hijos de mis hijos! Bastantes impuestos pago ya como para que el parque encima no esté limpio a todas horas, por mucho que se ensucie.

—Juno, bonito, ¿qué te pasa? —Alice sollozaba tendida junto a su mascota.

—Hola, pequeña. —Un hombre se acercó a Alice y le acarició el cabello—. ¿Le pasa algo a tu perrito?

—Parece… parece que está malito. —La niña se pasó un dedo por los ojos apartando una lágrima, suspirando—. Juno está malito.

—Veamos al perrito…

El hombre se agachó y acarició con sus pequeñas y cuidadas manos el lomo de Juno.

—Sócrates es un psicópata emocionalmente inestable. Mata sin necesidad de motivo aparente y con el máximo de violencia. Lo hace de modo impulsivo. Sus víctimas preferidas son niños que pasean sus gatos y perros. Nunca ha atacado niños que caminan solos por la calle. Siempre han sido niños acompañados por sus mascotas. Incluso una vez, recuerden al niño Holten, lo degolló mientras llevaba en la mano una tortuga, un pequeño galápago.

Bernard Hike, psicólogo del Departamento de Policía, se interrumpió para cambiar la diapositiva del proyector. Se sustituyó en la pantalla el retrato-robot de Sócrates por una fotografía de catálogo de una pistola lanzadardos tranquilizantes. La señaló con el puntero.

—Ésta es su arma principal. Dispara a las mascotas con la intención de adormecerlas, cosa que desde luego consigue sin problemas, puesto que la dosis de somnífero que les inocula es suficiente para fulminar a un elefante. Los pobres bichos mueren por disfunción cardíaca, sin sufrir. Así puede acercarse a los pequeños sin inspirar temor, preocupándose por los animalitos. Aprovecha que los niños están destrozados y llorosos por la pérdida de la mascota.

Otra diapositiva mostraba el parking de un Hiper. En el suelo, la silueta de una persona marcada con tiza, manchas de sangre y aceite, las ruedas del coche aparcado en la plaza vecina. La frialdad de la muerte.

—No olviden que Sócrates también mata a adultos. Que lo consigue además con extraordinaria facilidad. Y que lo hace siempre que lo considera necesario. Hay poco en el retrato-robot que nos lo indique, pero, al parecer, es una persona que inspira confianza, cariño. Él se aprovecha de ello.

La imagen de un descapotable en un área de servicio de autopista. La capota está rasgada.

—Una sola vez atacó a madre y niño juntos. Quizá por error de coordinación. Primero atacó al crío en el baño, le cortó el cuello y lo dejó sentado en el lavabo. En uno de los retretes encontramos a Elmer, el conejito. —La diapositiva cambió, mostrando una placa de metal azul con la palabra «ELMER» grabada. Estaba salpicada de sangre—. Su madre debió entrar y encontrarse la escena que estaba montando, de tal modo que Sócrates corrió tras ella y la alcanzó al llegar al coche.

Intervino el capitán Latzvotsky:

—Y no se confundan. Ignoramos por qué ha elegido ese apodo, pero les aseguro que no es porque actúe como los griegos antiguos. Ni tiene un discípulo que se llame Platón, ni nada.

Muchos se miraron entre sí. Sabían que se le llamaba Sócrates, pero ignoraban los motivos. Alguno incluso pensó que ése era el nombre de un famoso asesino de la época antigua. Muy pocos sabían siquiera escribir el nombre de Platón correctamente.

—Tiene razón el capitán —terminó Hike—. No esperen encontrarse a un filósofo griego disertando sobre lo divino y lo humano. Es un loco asesino hijo de puta. Y si se encuentran con él, no le supliquen. Es lo que más le divierte.


Alice parecía algo más tranquila. Conversaba con aquel señor tan amable que se había preocupado por Juno. En un principio temió echarse a llorar, pero recobró el control rápidamente. Odiaba llorar y parecer una niñita frágil que dependía de su mamita para todo. Además, no era cuestión de llorar si aquel señor tan agradable estaba contándole cosas de su primer perrito, que se llamaba Jack y que era muy cariñoso. De cómo iban los dos de caza y Jack, perro listo, siempre sabía dónde estaban los nidos de perdices. De cómo se quedaba estático señalando con una de las patas, sin moverse hasta que le hicieran una señal.

Y entonces Haggarth los vio, allá abajo. Tuvo que reprimir un grito de alegría porque la niña parecía viva y sin daños. Se acercó lentamente mientras Tony trataba de hacerse entender por la radio. Gesticulaba como si pudieran verle. Extrajo el revólver de la funda, y, con toda la suavidad de la que fue capaz, tiró del martillo hacia atrás. Estaba dispuesto a matar a aquel loco. Completamente dispuesto.

Su sorpresa fue que Sócrates, a quien sólo le veía la espalda y parte de la cabeza, parecía estar temblando. Como si llorase. La detención fue sencilla. Sócrates no opuso resistencia. Estaba destrozado. No dejaba de llamar a un tal Jack, pidiéndole perdón.

Alice contaba su historia a Mamita y Papito, y también a una señora fea que tomaba muchas notas y que decían que estaba allí para examinarle la cabeza. Ella tenía claro que no iba a dejarse tocar la cabeza por esa señora con las uñas tan largas. La habitación donde se encontraban era muy divertida, porque toda una pared era de espejo. Antes de que se llenase de gente había estado ensayando unos pasos de baile frente a ella.

Había una luz que no funcionaba bien y le hacía daño en los ojos.

—Me contó, mamita, que tuvo un perro que se llamaba Jack, con el que salía a cazar. Que era muy listo porque encontraba todos los nidos de pájaros. Pero que una vez, cuando el perro se encontraba todo quieto avisándole de dónde se encontraba uno, él tropezó y le disparó. Y que, para que no le regañara su padre, enterró al perro en un sitio muy escondido y le dijo a su padre que el perro había sido malo y que se había escapado.

Alice suspiró, mirando a Mamita con sus hermosos ojazos:

—¿Sabes? Yo creo que nunca se lo había contado a nadie, y que se sentía culpable por haber hecho algo malo.


Alice correteaba con Juno por el parque. Subían y bajaban las pequeñas elevaciones artificiales dando grititos de alegría, resbalando en el verde sintético, haciendo gestos de lanzar algo a su compañero de juegos sobre la zona frontal, agitándole las antenas. Sus rubios cabellos despeinados le caían sobre la frente, dándole un aspecto angelical que no se correspondía, al decir de su mamita, nada con la realidad.

Mediodía en el parque, un día primaveral. Una preciosa niñita rubia de ocho años jugaba con su mascota. Y alguien los estaba observando. Agazapado, escondido como una sombra culpable.

De pronto, con un rápido movimiento de su brazo derecho, lanzó algo en la dirección de Alice. Juno se detuvo para examinar el objeto que había quedado a sus pies. Un crujido seco, un poco de luz y quedó tendido en el suelo, inutilizado.

Alice se agachó junto a su mascota:

—Juno, bonito. —Le acarició la cabeza—. Precioso Juno. ¿Qué te pasa? ¡Despierta, Juno!

—¿Le pasa algo a tu mascota? —Un adulto se acercó despacio y preguntó a la desconsolada niña.

—Se… se ha parado. Es Juno, mi mascota… — Enjugó una lágrima—. Se ha roto…

—Pobre niñita…

—Se ha roto… Juno se ha roto —sollozó abiertamente—. Mi amigo Juno se ha parado…

—Oh, mi amor. Venga, bonita. Ya verás cómo no es nada grave. Ya verás cómo te lo llevan al servicio técnico y te lo dejan mejor que antes. No llores, preciosa. Ya verás qué bien queda Juno después de una revisión.

—No… Está roto. Se ha parado.

—Pero… Ya verás, mi amor. Te lo van a arreglar…

—Y… ¿quién…? —Empezó a recobrar el control.

—El mecánico de mascotas, cariño. Ya verás qué bien te lo deja…

—No… ¿Quién es…? Mi mamita me dijo que no hablara con…

—Podemos hacer una cosa, cariño. —El extraño sonrió para infundirle confianza —. ¿Te parece que cojamos tú y yo a Juno y lo llevemos al servicio técnico? ¿Ahora?

—Tú eres… tú no eres… —Alice dudó, puesto que notaba algo muy particular y definido en su interlocutor, un algo que le hizo sentirse protegida aun dentro de su temor. Con la certeza de que no podría pasarle nada en su compañía.

El extraño tendió su mano a la pequeña:

—Sí, cariño. ¿Te parece que vayamos a arreglar a Juno? ¿Te hace ilusión?

—Su denominación es SCR16, Services of Comfort Robot serie dieciséis. Es un robot humaniforme de última generación, diseñado para el servicio de placer en la estación espacial. Como pueden ver en la imagen, muy pocos detalles lo delatan como no humano, por eso coloquialmente se le termina llamando Sócrates.

Bernard Hike, ingeniero de Cyborg, Inc., repasaba los detalles del caso con los oficiales del Departamento de Policía. La proyección cambió, mostrando un cuerpo borroso que avanzaba por un pasillo. Al pie de la imagen unos caracteres indicaban que se trataba del pasillo A15A16.

—Ésta es la última vez que ha sido localizado. La imagen es de una cámara espía del nivel A. Creemos que sus daños en el cerebro se han producido por un exceso de radiación. Quizá por sobreexposición en alguno de los centros médicos. Por eso… vaya, por eso no tiene ningún problema en hacer daño a humanos.

Alice, fríamente, repuso:

—Como Juno se ha roto, necesito una mascota.

—Sí, eso está muy bien, preciosa. Venga, acompáñame.

—Siento mucha, mucha pena por Juno. Es un dolor muy fuerte aquí. —Se señaló el corazón—. Un dolor muy fuerte.

El extraño contestó con un ligero fastidio:

—Claro, cariño, claro. No te preocupes.

—Tú me has dicho que quieres ser mascota de alguien.

Si hubiera podido, el extraño se hubiera sonrojado:

—Bueno, realmente… quizá sea muy brusco decirlo de ese modo…

—Pero si te cojo a ti como mascota porque Juno se ha roto, sabiendo que lo has roto tú, pues… no está bien, ¿lo entiendes? Imagina que algún otro decide hacer lo mismo contigo para ser mi mascota. Estoy pensando que donde vivo hay una mascota de una vecina que está como loca por vivir conmigo. Y si te ve a ti, que no te conoce de nada, se va a sentir celosa…

El sargento Haggarth arrugó el envoltorio del masticable y, con un juego de dedos, lo suspendió en el aire para lanzar el dedo corazón como un muelle liberado por el pulgar. Notó que Tony lo miraba con seriedad. Seguro que estaba pensando en los presupuestos municipales, o en alguna tontería así (Dios, ¿por qué serán tan malditamente simples? ¿No comprende que es por mis nervios? Y hay millones de robots encargados de la limpieza de los parques. Seguro que el dichoso papelito habrá desaparecido antes de que nadie pueda decir «Asimov»).

Ambos aceleraron el paso. El parque era extenso, pero por fin parecía que tenían localizado a Sócrates. Una llamada anónima, siempre lo eran, había comunicado que se encontraba dialogando con una niña. Había que darse prisa. Sócrates era peligroso. Muy peligroso.

Jadeando, coronó la última elevación. Tony le seguía inmutable. Ni siquiera había perdido el ritmo de la respiración (qué tontería, ¿qué respiración?). Allí, al fondo, se podía divisar a la niñita. Sentada en el suelo junto a un bulto que bien podía ser su mascota inutilizada. El maldito Sócrates siempre inutilizaba antes a las mascotas. Este se encontraba junto a la niña, en cuclillas, conversando con ella. Cerca de ella para poder retorcerle el cuello si se veía amenazado.

Estaban a menos de cinco metros, y Sócrates todavía no había reaccionado. Se iba haciendo viejo ese maldito robot. Al fin y al cabo, toda esa violencia tenía que estar afectándole al cerebro.

Con voz muy baja, no pretendiendo poner nervioso a nadie,  y mucho menos a Sócrates:

—Niña. Psss… ¡Niña! —chistó.

La niña estaba conversando animada con algo que guardaba entre sus manos:

—Y después le diré a mamita que te haga un traje. Será un traje rojo, y te pondremos una chistera negra, y mamita ya verás cómo te quiere, y…

Alice se giró despacio. El señor que mascaba chicle la habló:

—Hola, preciosa. —Miró a Sócrates con precaución—. ¿Te ha molestado? ¿Te ha hecho daño?

Tony permanecía sobre la última elevación aprovechándola para realizar las comunicaciones. Giraba su cintura en un ángulo imposible para optimizar la cobertura. Haggarth habría querido gritarle a la pequeña: «¿Cómo es que no te ha destrozado? ¡Es un robot loco! ¡Ha matado a quince niños! ¿Cómo es que hemos llegado y ni siquiera te ha tocado?»

Alice señaló a Sócrates:

—Él… rompió a Juno. Quería ser mi mascota. Es malo.

—Ven despacio, pequeña, no hagamos que se enfade. Mira. —Le enseñó la placa de Policía—. Si vienes, te dejo jugar con esto.

—Yo me enfadé mucho. Es un robot malo. Se lo dije. Le dije: «Eres un robot malo y cruel».

Haggarth se estremeció, puesto que los anteriores niños habrían dicho cosas similares, y ellos habían muerto.

—Pensé que él había roto a Juno porque quería ser mi mascota. —Algo en sus manos parecía querer escapar, y ella las cerró con un gritito—. Y se lo dije.

El sargento cerró los ojos imaginando escenas de persecución, de cómo podría sacar a la pequeña de aquella hondonada antes de que Sócrates los alcanzara y los despellejara.

—Entonces, pareció quedarse pensativo. —Alice comenzó a sonreír—. Vi a mi amigo Patas Largas, y ya está.

¿Patas Largas y ya está? Haggarth se incorporó y se acercó más hasta el pequeño grupo. Rodeó a Sócrates, que se encontraba inactivado, estático. Tenía una mano extendida como si mendigara. Parecía haber sido detenido y destruido por una niñita de ¿siete? años.

La preciosa niña rubia tenía en sus manos un grillo. Un insecto negro como el tizón demasiado aterrado como para frotar sus patas y hacer cricrí.

—Le dije que bueno, que podía ser mi mascota. ¿Eso es lo que quería, ¿no? —Alice explicaba despacio—. Ahora, eso sí, que tenía que ser bueno conmigo. Y obedecerme en todo. Y hacerme caso. Y nunca negarme nada. Y respetar mis deseos. Y ponerse a cuatro patas y ladrar. Dijo a todo que sí.

Miró a su mamita y abrió aún más los ojazos:

—Mamita, se humilló. Estaba como loco por ser la mascota de alguien. —Sonrió malignamente—. Pero yo ya le había advertido que, igual que él se había cargado a Juno para ser mi mascota, algún otro podría hacer lo mismo con él. Parecía muy seguro de sí mismo.

La sala donde estaban tenía una pared completa de espejo. Antes de que se llenase de gente había estado bailando frente a ella. También había estado saltando, jugando con la baja gravedad, hasta que la regañaron y le dijeron que se podía hacer daño. La luz era muy blanca. Mamita y Papito estaban acuclillados junto a ella, queriéndola, dándole amor y protección, y la señora con pinta de bruja la miraba fríamente, interrogándola y apuntando cosas en su ordenador, toda seca. Estaba harta de hablar con aquella bruja y no pensaba dejar que le toquetease la cabeza.

—No me puedo creer que haya hecho cosas malas a los otros niños. Los robots no pueden hacer daño a la gente, ¿verdad? Lo único que quería él era ser la mascota de alguien y jugar.

—¿Qué pasó con Patas Largas, mi amor? ¿Qué pasó cuando lo cogiste?

—Yo no lo cogí, mamita. Lo cogió él. Muy rápidamente, con un giro del brazo. Los robots son muy rápidos. Dijo que había que fumigar el parque, que no se debía permitir que hubiera bichos. Y Patas Largas hizo cricrí sobre su mano. Me preguntó qué pasaba y le dije:

—Huy, qué risa, el animalito quiere ser tu mascota.

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