La Chica del Trolley

 

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Dejó que las escaleras mecánicas la llevaran a la superficie mientras consultaba su móvil. Aún no había recuperado la cobertura cuando llegó a los tornos de salida. La luz del sol hizo inútil su intento de distinguir algo en la pantalla, y tuvo que guardar el terminal en un bolsillo para dedicar toda su atención a una de las ruedas del trolley que arrastraba con la mano derecha, que se empecinaba en atascarse con todos los objetos que encontraba.

No tenía ningún mensaje. Tampoco ninguna llamada perdida. El polígono industrial en el que había desembarcado estaba desierto. A lo lejos se adivinaba un centro comercial al que parecían dirigirse los pocos coches que circulaban esa mañana de sábado. Quizá fueran dependientes que además sufrían el castigo de tener que abrir la tienda.

Buscó el número en la lista de contactos recientes y pulsó el botón verde. De nuevo, el buzón de voz. Colgó. Se dijo que quizá Pablo estuviera conduciendo hacia allá, y por eso no podía atender la llamada.

El hombre que no se llamaba Pablo estudiaba a la mujer desde su refugio. El abrigo y el gorro que vestía no le permitían adivinar sus formas, pero lo poco que podía distinguir de ella le gustaba. Le gustaba sobre todo su altura, que podía calcular comparándola con la señal de tráfico alrededor de la cual estaba paseando mientras tiraba de aquella estúpida maleta.

Hacía frío en su furgoneta, pero no podía arrancar el motor y poner la calefacción. No quería que su traqueteo o una indiscreta columna de humo delataran su posición. Se consoló repasando mentalmente las conversaciones que habían mantenido por internet mientras se frotaba las manos y soplaba entre ellas para tratar de extraer algo de calor. Celia había comentado que su primera cita en persona merecería que llevara “algunos juguetes”, lo que le había provocado una erección inmediata, pero seguía dándole vueltas a lo que podría contener aquel trasto con el que cargaba.

Se relamió mentalmente. Él también tenía sus juguetes. Allí mismo, en la furgoneta. Se retorció en su asiento hasta alcanzar una de las cuerdas que pronto, muy pronto, abrazarían aquellas muñecas y tobillos. Rascó infructuosamente una gota de sangre de uno de los nudos. No recordaba a quién pertenecía. Aquello le molestó.

Ella volvió a sacar el teléfono del bolsillo del abrigo y marcó el número de Pablo. Su mirada se perdió en el tejado del centro comercial mientras esperaba el tono de llamada.

Ignoró el sonido del teléfono. Había escogido algo especial para Celia, algo que evocara la sensualidad salvaje que le había transmitido en sus mensajes escritos, y estaba convencido de que Maneater de Hall & Oates era perfecto para ella. La miró moverse de aquella forma felina por la acera junto a la parada de taxis mientras sonaba la música, pero le frustró que terminase tan pronto. Deseó que volviera a llamar, pero la vio volver a guardar el teléfono.

De pronto, hubo algo que le hizo inspirar profundamente como si pudiese absorber toda su esencia a pesar de los metros que los separaban: Celia se había quitado el gorro y se había atusado el pelo. Entrecerró los ojos para saborear el momento. La vio agitar levemente su cabeza, pudo distinguir hasta el último detalle del brillo de sus cabellos mientras volvían a desaparecer bajo el gorro de lana…

Y comprobó que no era rubia natural.

Suspirando, el hombre que no se llamaba Pablo apagó el móvil. Retiró la batería y extrajo la tarjeta SIM, que tiró a la papelera tras retorcerla.

La mujer que no se llamaba Celia miró su teléfono con frustración antes de guardarlo en un bolsillo. Prestó algo de atención a la furgoneta que salía del aparcamiento, algo sobre una empresa de reformas y un número de teléfono borrado. Giró la muñeca para que el trolley echara a rodar y caminó de vuelta hacia la estación de metro.

Cómo pesaban aquellos malditos cuchillos.

 

(c) 2016, Ramón Bassons Baña

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Publicado originalmente en ElBlogOnanista. También disponible en el área de Descargas.

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