Los Pucheros de Carmina

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El contenido del perol de cobre burbujeaba al fuego mientras Carmina removía su contenido con un cucharón de palo renegrido. Había más col que carne. Quedaba muy poco del conejo que había caído en su trampa días atrás. Una primavera demasiado lluviosa había anegado los campos y provocado que se pudriera el cereal. El hambre asomaba el hocico, sería un duro invierno de despensas vacías. Varias personas ya habían caído enfermas en el pueblo.

Sonó un golpe seco en la puerta de madera que a duras penas la aislaba de las dentelladas del frío exterior. Carmina crispó sus dedos alrededor de la herramienta y, enarbolándola como un arma improvisada, se acercó con precaución a la entrada de la chabola. Habían deslizado por el hueco de debajo una hoja de papel doblada, que se agitaba por la corriente de aire. Abrió la puerta y dirigió su mirada hacia el camino embarrado que descendía hacia la aldea, pero ya se habían ido. Nunca había nadie.

Recogió el papel y lo desdobló, asintiendo en silencio mientras examinaba su contenido: una única línea escrita con tinta temblorosa. Lo dejó caer en el fuego y observó con curiosidad cómo las llamas lo agujereaban y sus cenizas alzaban levemente el vuelo antes de desaparecer.

Lanzó una mirada ausente al perol. Suspirando, lo apartó del fuego y lo tapó. Tenía que revisar las trampas. Quizá había habido suerte y podía acompañar la col con algo más de carne. Se echó por encima una capa que sabía que terminaría empapada en poco rato y salió de la vivienda. Atrancó la puerta como solía hacer, con la confianza de que no poseía nada que mereciera ser robado.

Se internó en el bosque buscando las discretas señales que había colocado para ayudarse a localizar los lazos. También prestaba atención a las marcas que hubiera podido dejar a su paso cualquier pequeño animal. El primer lazo estaba intacto, nadie había pasado por allí. Tuvo más suerte con el segundo, que había escondido bajo unos densos arbustos. No por el pequeño ratón de campo que había quedado atrapado, porque debió haber ocurrido hacía unos días y ya habían dado cuenta de él los insectos. Sólo quedaba un pellejo inservible. Justo al lado, sin embargo, descubrió un anillo de hadas. Recogió las setas y las guardó con cuidado en el hatillo que siempre llevaba.

No sería un mal día, después de todo, pues un conejo había caído en la tercera trampa. Se había descoyuntado sin éxito la pata que tenía atrapada por el lazo y observaba a Carmina con mirada triste. Pidiendo una ayuda que no le llegaría precisamente de ella. Retorció su cuello con un movimiento rápido. Volvió satisfecha a su cabaña después de volver a colocar las trampas. No le importó que la gruesa capa de lana sobre sus hombros pesara el doble por el agua que había ido acumulando.

Peló el conejo, lo troceó y echó una de las patas traseras en un nuevo perol de cobre, más pequeño, dejando el resto para el puchero grande. Ese perol pequeño recibió también las setas troceadas después de quitarles la tierra y el verdín del bosque. Al poco, la chabola se inundaba con la fragancia del guiso, que sirvió en una cacerola de barro que sopesó con sus manos encallecidas. Tapó el recipiente con un paño limpio y lo depositó en el exterior de la vivienda, en el alféizar de la ventana. Poco después de anochecer comprobó que se habían llevado su guiso y en su lugar habían dejado una cazuela de barro nueva.

A la mañana siguiente, el lento tañido de la campana de la ermita informó innecesariamente a la aldea.

Cuentas Pendientes

En una bolsa le entregaron sus pertenencias personales, aquellas que un día le arrebataron… Contempló aquellos objetos inertes con ojos impersonales. Aquellas cosas que habían significado tanto para él habían perdido completamente su atractivo, ya no significaban nada. Hasta aquellas pocas monedas de cobre habían dejado de tener valor. Esbozó una amarga sonrisa mientras miraba el retrato de una de ellas, y se dio cuenta de que aquellos años habían dejado muchas otras cosas en la cuneta además de a él mismo. Las tiró a una papelera cercana junto al ya inútil peine y el sobado envoltorio.

Sólo se quedó con el poco dinero moderno que le habían dado al salir de la cárcel y el recorte de periódico local donde se reflejaba el crimen del que fue acusado. Llegó a una cabina y descolgó el auricular:

—Hola, Silvia. Me debes quince años.

Palmeras de Mentira

No hacía ni dos años de aquello.

Pieter era un burócrata policial de segunda fila en todos los sentidos. Cansado de perseguir pequeñas bandas de ladrones de coches en Baviera, y agobiado por un divorcio que lo había dejado en la calle, solicitó el traslado desde su adorado Munich prendado de una belleza eslava con la que había tenido un breve escarceo en Lanzarote, y que por supuesto lo abandonó (o mejor dicho, terminó por ignorarlo definitivamente) una vez se presentó él, por sorpresa, con su cazadora raída, una mochila al hombro y su mirada de cordero degollado en la oficina que ella ocupaba en el Hermitage.

Tardó menos de quince segundos en obtener la ayuda necesaria en forma de fornidos vigilantes del museo. Menos de un minuto después su dignidad (y el resto de él) se encontraban por los suelos junto a la entrada de funcionarios de un edificio anexo. Y encima se puso a llover. Gotas gruesas que hacían salpicar partículas diminutas de nieve helada del suelo.

Así que ahí estaba él. Había pedido el traslado a un sitio del que todo el mundo huía, lo que explicaba la celeridad con la que se lo habían concedido, y su adorada Helena con H, como le gustaba decirse, tenía un proyecto vital en el que él no figuraba ni siquiera como espectador.

Pero no se rindió. Día tras día espió los movimientos de su chica: por aquel puente cruzaba el río Neva, en esa parada subía al autobús, y allí compraba comida para gatos. Y también algunas noches de fin de semana: en ese local con fama de bohemio, la cerveza con unas compañeras de la facultad que, despreciando las más elementales normas éticas y aprovechando su puesto en la Policía, también había investigado. En ese otro tugurio más tradicional, un café con algunos compañeros del museo, nada especial. Ninguna relación en especial. Entonces, ¿por qué despreciarlo de ese modo? ¿Acaso no lo habían pasado bien en aquella excursión a la Playa del Papagayo donde se bañaron desnudos, hicieron el amor y se rebozaron en la arena? ¿No le había gustado la cena a la luz de las velas en los Jameos del Agua? ¿O era precisamente esa actitud de servilismo de Pieter la que le había alejado de Helena con H?

El caso es que él se encontraba exactamente en esa situación. Un servilismo total que se complementaba con la persecución a la que la sometía. No era acoso porque pensaba, mejor dicho confiaba, que ella no se hubiera dado cuenta. Esperando el mejor momento para acercarse y confesarle de nuevo su amor. Un completo imbécil.

Y justo el día que había decidido que la abordaría a la salida del café, previo al solitario paseo que la llevaba hasta su apartamento poblado de gatos, se desencadenó el horror. El procedimiento era siempre el mismo: una furgoneta con puerta lateral corredera se acercó a Helena tras realizar una brusca maniobra antes de uno de los puentes, unos brazos la agarraron y la arrastraron dentro, tras lo cual aceleró.

A pesar de su entrenamiento como policía Pieter no salía de su asombro: ¡le habían robado el objetivo en sus mismas narices! Abrió la gabardina y extrajo su arma cuando oyó un fuerte acelerón. Después estalló su cabeza.

[…]

 

Rosa

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Se casó por amor. Tanta confianza tenía en quien iba a convertirse en su marido que, aburrida de esperar a que las circunstancias fueran favorables, no le importó hacerlo por poderes con tal de acabar con la incertidumbre y poder partir ya casada a su encuentro en África.

Su destino, la Guinea Española de 1963.

Se reía cuando la llevaron a ver aquella película sobre África: «Quizá fuera así en Santa Isabel, en la isla donde estaba la capital. Sólo estuve allí una vez, y ya cuando dejábamos Guinea. En el continente, en Mbia, no era así: ni playa, ni bares, ni baile. Sólo un pequeño cine, cerrado únicamente por un tejado de cinc para protegernos de la lluvia. Menuda manera de llover». En aquellos patios, porque no eran ni poblados, sólo había hombres trabajando la madera de sol a sol para su posterior embarque en el río Pembe, a varias horas de ruta desde Bata a bordo de los camiones madereros Morris, en el interior. En el bosque, como lo denominaban.

Vivió en casas elevadas por pilotes, para evitar las hormigas. Como las que le destruyeron su pequeño huerto. Pilotes que por otro lado no engañaban a las serpientes. Le hablaron de un parásito que anidaba debajo de las uñas de los pies y que causaba unas infecciones terribles. Le advirtieron sobre los cocodrilos del río, un engañoso atajo hacia la costa. Oyó resonar los pechos de los gorilas como si fueran tambores. Se asombró con los elefantes, y conoció gente que había viajado miles de kilómetros para cazarlos y llevarse sus colmillos, rabo y patas como trofeos. Convivió con la tuberculosis y, sobre todo, se preocupó cuando Docta, como llamaban a su marido, debía conducir aquel jeep sin frenos por unos estrechos caminos embarrados hasta aldeas perdidas en el bosque.

Y finalmente la ha matado un virus.

#NuestrosMayores

Tiempos de

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Carlota vestía un pijama con lo que parecían ositos que le quedaba de lo más cuqui. Quizá un poco infantil, pero a Javier le encantaba esa imagen que transmitía de querer seguir siendo una niña.

Ella no se llamaba Carlota, claro. O eso suponía. Ya sería mucha casualidad. Javier la había visto alguna vez “antes de”. Ahora los tiempos se clasificaban en “antes de” y “ahora”. En aquellos tiempos lejanos, en un otoño de comienzos de curso, en un par de ocasiones había coincidido en los tornos del metro con aquella chica atlética, pelín desgarbada pero que a los dieciséis años de Javier le parecían tremendamente atractiva. Por el libro de texto que llevaba en la mano, el que supuso no había cabido en la repleta mochila que cargaba a su espalda, descubrió que estudiaban el mismo curso de Bachillerato. Imposible saber qué instituto o colegio, salvo que no era el mismo porque no coincidían ni editorial ni formato.

En aquellos tiempos lejanos Javier no era nadie en quien ella se fijaría. “Ahora”, sin embargo, era su único horizonte, pues en todo su bloque, toda la fachada que daba a la ventana de Carlota, bien que lo sabía él, no había nadie que tuviera menos del doble de sus años. Y la mayor parte de los vecinos, “tranquila, doña Asunción, no corra, ya le aguanto yo la puerta del ascensor”, tenía por lo menos el cuádruple.

Los primeros días se espiaron furtivamente. Javier la descubrió la primera vez casualmente, al bajar la vista después de mirar aburrido el cielo. Cansado de catalogar nubes. Ella no miraba el cielo sino su bloque. Su mirada aún no era de hastío, sino que más bien evaluaba las dimensiones de su encierro. Javier le sacaba dos días de ventaja en aquella cuarentena.

Él la miraba sentado a la mesa donde se suponía que estaba haciendo los deberes, y ella hacía como que no se daba cuenta. A veces ensayaba pasos de danza, descalza sobre una alfombra de colores indeterminados, a veces practicaba lentos movimientos más parecidos a yoga. Cuando ella giraba la cabeza de pronto, él la agachaba sobre sus cuadernos, confiando en no haber sido sorprendido. Sabiendo que había sido sorprendido. Entonces sus mejillas se encendían y no tenía más remedio que huir a gatas para no mostrar nada de sí en su retirada.

Imposible retirada, porque él sabía que compartían la misma experiencia. Javier la buscó en redes sociales, ¡vaya si lo hizo! Pero no hubo modo. Carlota no estaba, o él era muy malo buscando #EncerradaEnMiCasa y #DichosoVirus. Tampoco ella lo encontró. O quizá ni siquiera lo buscó porque estaba más cómoda, también más ilusionada, jugando a un juego donde internet no cupiera.

Un día, como cualquier otro, eran ya tantos, Javier miraba a Carlota embelesado. Había comido en su cuarto, como también tenía que hacer él, sobre la mesa donde la había visto hacer los deberes. Una bandeja de plástico depositada puntualmente junto a la puerta de su dormitorio, como también recibía él. Ventajas de vivir en un sexto piso mientras que ella, calculó, lo hacía en un tercero. Casi hasta podía adivinar la asignatura que estudiaba en cada momento, y eso que se resistió a sacar de su funda de cuero los prismáticos que había heredado del abuelo. Una cosa era mirar por la ventana y otra, ¡vaya! No quería ser como ese tío de la película que estaba confinado en casa porque se había roto una pierna y espiaba a los vecinos como un psicópata.

Carlota siempre había cumplido fielmente su  horario: a las ocho, la bandeja con el desayuno, que tomaba en pijama sin ninguna prisa. Saboreando aquellas galletas que mojaba en ¿café, cacao? Y tras lo cual desaparecía para lo que Javier suponía era el aseo, pues a eso de las nueve volvía a ser visible y ya vestida con ropa cómoda de andar por casa, deportiva sin pretensiones, y la coleta arreglada. Después, un par de horas de estudio, aburrido estudio en el que por más que se esforzaba no encontraba ningún parecido con lo que él también tenía que estudiar. No coincidían los libros y la mano derecha donde ella escribía quedaba fuera del ángulo que él podía observar. A las once siempre hacía la parada que Javier llamaba el recreo. Se levantaba y estiraba brazos y piernas, daba saltitos de puntillas y giraba el cuello con los ojos cerrados de un modo que lo cautivaba. Una vez acababa aquellos ejercicios miraba ensoñadora unos instantes hacia el infinito y volvía a sus libros hasta la hora de comer.

Aquel día, sin embargo, fue diferente. Había depositado la bandeja en el suelo cerca de la puerta que limitaba su encierro y había iniciado una sucesión de lentos movimientos que Javier clasificó como yoga aunque no había encontrado nada parecido en los tutoriales que se había empapado cuando se suponía que tenía que estar estudiando el tiro parabólico y ciertas indeterminaciones de los límites cuando n tiende a infinito.

Carlota se había descalzado y se apoyaba en su pierna derecha mientras la izquierda se doblaba en un ángulo que parecía imposible. Su cabeza estaba girada y sus ojos, de los cuales Javier sólo podía adivinar el derecho, estaban cerrados. La coleta le resbalaba sobre el hombro derecho y aquella imagen le pareció lo más sexy que había visto en semanas.

Y de pronto se lo volvió a hacer. Giró la cabeza y lo miró. Directamente a los ojos. Y sonrió.

El encierro dejó de importar.

El Bosque del Silencio

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La primera vez que escuché el nombre del Bosque del Silencio pensé que había pocos sitios con un apelativo tan acertado como ese. Aparte, naturalmente, de la isla Comino, junto a Malta. Es cierto que se trataba de un nombre de mercadillo, puesto por la gente que lo bordeaba cada tarde con sus perros. Me dijeron que también lo llamaban así en un club de ciclistas. Pero desde luego no era el nombre con el que figuraba en la cartografía oficial.

Ocupaba una enorme extensión del monte, prácticamente toda la vertiente que el río rodeaba desde el norte hasta el sureste de la urbanización y que, más allá, en la vega, se convertía en el límite de la propia ciudad. Como todo lo verde que crecía en aquella parte de la geografía madrileña, se trataba de una superficie repoblada por pinos hacía años. Las filas en las que se ordenaban delataban su naturaleza planificada.

Al poco de mudarnos, aquel primer verano de calor pegajoso que nos hizo plantearnos si nos habíamos ido a vivir a una sucursal del infierno, toda esa parte del pinar sufrió un incendio en el que los helicópteros incluso tuvieron que coger agua de algunas piscinas para sofocarlo. Cuando llegó el momento de hacer inventario se vio que algunos árboles eran irrecuperables y no había más remedio que talarlos, mientras que otros, en este Bosque del Silencio, se podían mantener pues conservaban sus copas verdes a pesar de que sus troncos mostrasen las cicatrices ocasionadas por el fuego.

Ni siquiera por las mañanas podía pasar por un pinar normal. Aunque el sol que lo iluminaba desde el río hacía reverdecer el musgo maltrecho que se atrevía a sobrevivir al pie de algunos árboles, el resto del suelo estaba muerto. Por las tardes, una vez que el sol se había ocultado tras la cima del monte, su aspecto era aún más amenazante. De los veinte metros o más que podían llegar a medir aquellos árboles, los primeros ocho o diez eran ramas desnudas, calcinadas, adornadas solamente por unas piñas petrificadas.

Lo primero que llamaba la atención cuando se afrontaba el ascenso para llegar al mirador sobre la vega era, precisamente, el silencio que le daba nombre. No se oía ni el piar de ningún pájaro pequeño, ni el graznido de urraca alguna. Tampoco se veía nunca nada sobrevolando aquel trozo de tierra. Incluso esos pájaros parecidos a gaviotas procedentes del río y que atravesaban la ciudad en dirección a los nuevos barrios daban siempre un cuidadoso rodeo, evitándolo como si fuese espacio aéreo restringido. Quizá en su momento ardieran sus nidos y ya se sabe que las aves son muy rencorosas. Al nivel del suelo tampoco se escuchaba el leve corretear de algún conejo como sí pasaba en otras zonas del mismo pinar. Ni siquiera el zumbido de un insecto o el siseo de una serpiente, tan parecido al que hace el gas de una botella de gaseosa al escaparse. Nada vivía allí que se moviera o hiciese ruido.

Una madrugada de agosto subimos hasta el mirador buscando un sitio despejado desde donde ver las Lágrimas de San Lorenzo. Desde el jueves anterior habían estado machacando con aquello en todos los telediarios, algo querrían ocultar. El caso es que convinimos en buscar un sitio despejado donde ir toda la familia. Los chavales habían gritado muy ilusionados cuando les propusimos el plan, iba a ser una aventura fabulosa. Una expedición en toda regla. Quién sabe qué animales fantásticos se imaginaron que descubrirían. Para llegar allí desde la cara sur del monte, donde vivíamos, había que atravesar esa parte del pinar por su estrecho camino. Hicimos el recorrido alumbrando el sendero mi mujer y yo con las potentes linternas que habíamos cogido de nuestros coches. Los chicos, por su parte, llevaban unas ligeras, de colorines. Juguetes de plástico con imágenes de alguna de sus series de dibujos que, a pesar de tener pilas nuevas, proporcionaban una luz más amarillenta que eficaz. La luna, en alguna fase intermedia que no supe precisar, ayudaba bien poco, salvo para alargar las sombras de las ramas y hacer que se retorciesen de un modo pavoroso. Me recordó el comienzo de Blancanieves. Es posible que a los críos también se lo recordase, pues a los pocos metros de internarnos entre los árboles, cuando nos invadió la negrura, ya no les hizo tanta gracia la expedición. Sus haces de luz se agitaban alumbrando a un lado o a otro, a cual más aterrador, y no pararon de llorar y apretar nuestras manos el resto de la ascensión hasta el mirador.

Después de un angustioso camino de vuelta, recuerdo que apenas habíamos contabilizado un par de estrellas fugaces que ni mucho menos sirvieron para aportar algo de magia a la velada, mi mujer tuvo que compartir con ambos nuestra cama y a mí me desterraron al cuarto de invitados.

Arriba, En la Buhardilla

Big Little Lies T2

#HemosVisto
#Spoilers

#BigLittleLiesT2

biglittleliest2

ATENCIÓN: Spoilers, sentimiento de culpabilidad y música con vistas al Pacífico.

¿Cómo? ¿Que no has visto la T1? ¿Ni has leído lo que se dijo aquí sobre ella?
Pues ya estás yendo al comentario sobre la T1

¿Ya estás de vuelta? Bien.

El resumen es el siguiente: la temporada dos de Big Little Lies es más de lo mismo, pero sin intriga. Ya sabemos quién murió, cómo y por qué.

Hay música, claro. Como en la T1. Regular hasta los últimos episodios. Excepto una breve aparición de Earl Young y Disco Inferno, naturalmente. ¡Dos canciones de Bee Gees! Quizá los únicos que hayan repetido. Y, ojo, 15 segundos de un Supertramp que aparece sólo para recordarnos lo viejos que somos y que no nos creemos que haya ninguna emisora de toda la costa californiana que pinche Crime of the Century habitualmente.

Y, por supuesto, está un gris Océano Pacífico. Omnipresente como el dichoso puente. Anda que no hay puentes y viaductos bonitos.

Están los niños. Aún más repelentes que en la T1. Afortunadamente salen menos. Gracioso que traten de darnos lecciones veganas y medioambientales mientras conducen trastos de tres toneladas. Perdón. Que alguien lleva un Tesla. Y también  hay Toyotas y Lexus híbridos, ojo. ¿Cuántos litros de agua dices que hacen falta para qué?

Sí. Los personajes han ganado algo en profundidad. Pero no tanto como para conocer sus sueños o las circunstancias que los han llevado allí. Sólo conoceremos sus ansiedades.

Por eso es importante el papel de la psicóloga. Todos van a terapia con la psicóloga. No habría serie sin ella. Así de mal está la cosa.

Tarde, demasiado tarde, hemos conocido a Bonnie (Zoe Kravitz). Y tarde también hemos visto aparecer a la Celeste (Nicole Kidman) que esperábamos.

Ah, sí. También está Meryl Streep. Que, estando regular al principio, crece hasta salvar al resto de un resultado mediocre.

Dicen de miniserie, por sus siete episodios. Sobraban los primeros cinco.

Lo mejor: Meryl Streep

Lo peor: ¿Alguno de los protagonistas trabaja? Ya sabéis: lo que hace la gente para pagar las facturas de la luz y de las hipotecas de esas maravillosas casas frente al mar. Y la cuota mensual de Spotify.

Lo peor(2): Laura Dern sobreactuada. O quizá haya que ponerla en el apartado de Lo Mejor…

Escala Palomitera: 2 sobre 5.

 

Origen (Dan Brown)

#HemosLeido
#spoilers

Wikipedia

ATENCIÓN: spoilers y fanatismo religioso

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¿Eres fan de Dan Brown? ¿Te gustan las novelas de ambiente conspiranoico y con grandes intrigas en las que las peripecias de los protagonistas pueden darle la vuelta al mundo tal y como lo conocemos? ¿Te gusta además la cercanía que transmite un best-seller en el que la acción se  desarrolle en España?

Pero, ¿realmente ocurre la acción en España?

Pues… en teoría sí. Al menos por la ubicación.

Ya se ha dicho en otras ocasiones que Dan Brown vale sobre todo para escribir Guías de Viajes. Origen tiene también parte de eso, pero aunque en cualquier otra reseña de esta novela que se encuentre por ahí se indicará que la acción transcurre en Bilbao, Madrid, Barcelona y Sevilla, que nadie espere amplias (ni esmeradas) descripciones de los lugares por los que pasan algunos personajes, como sí ocurría en el Paris del Código Da Vinci, la Roma de Ángeles y Demonios o el Washington de El Símbolo Perdido.

Bilbao es únicamente un pub irlandés (que estarán encantados de que los mencionen) y el Museo Guggenheim. Sevilla es El Palmar de Troya y una mención a la Catedral. De Madrid sólo se describen muy someramente el Palacio Real, el Monasterio de El Escorial (más para ahondar en nuestra Leyenda Negra que por aportar nada), y el Valle de los Caídos (para meter a Franco en la historia). Barcelona sí recibe un trato más cuidado, pero nada que ver con el mimo que se le dedicó en su momento a París.

Pero en realidad, no. No ocurre en España:

La España social que se describe es más parecida a la preconstitucional de 1977-1978 que a la de ahora. Se trata más bien de una España distópica con grandes complejos religiosos e históricos.

Dan Brown jamás había hecho esto. En ninguna otra novela suya se habla de conflictos sociales, de gobiernos anteriores o de una sociedad cuyos elementos en el poder se resisten al cambio. ¿Se imagina alguien alguna referencia al régimen de Vichy aprovechando que el Sena pasa por París en el Código Da Vinci?

Es que además, es de risa. El ambiente social y las actitudes de ciertos protagonistas son más del Ducado de Gran Fenwidck que de la España de hoy día.

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Si no fuera por detalles de actualidad como la del Centro de Supercomputación de Barcelona (BSC–CNS), inaugurado en 2005, se podría pensar que la acción transcurre más cerca del octubre de 1997 de la inauguración del Museo Guggenheim que del octubre de 2017 que se publicó la novela.

De hecho, chirría un poco que no se mencione Twitter y que se use Yahoo! como portal de noticias y tendencias, a pesar de que se mencione el uso de Uber en Bilbao con toda naturalidad, cuando aún en 2018 no está disponible:

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Origen tiene toda la pinta de haber tenido una primera versión escrita en 2005-2006, aprovechando la noticia de la creación del BSC–CNS y su peculiar ubicación. Cuando Twitter estaba a punto de nacer (2006), pero no existían ni Whatsapp (2009), ni Telegram (2013), así que la gente enviaba SMS y si perdía su teléfono perdía toda su vida porque no existían las copias en la nube. Una posterior revisión habría añadido un arma impresa en 3D en lugar de algo más artesanal. Y Tesla, Uber y un par de menciones al iPhone son poco más que eso, menciones que apenas cambian el sentido de la trama pero que la hacen más actual.

Lo mejor: Descifrado de códigos contrarreloj, ideal para fans de Dan Brown.

Lo peor: Esa España no se le cree nadie que haya paseado por sus calles.

Lo peor (2): Por mucha Suspensión de la Incredulidad que tengamos, nadie, absolutamente nadie, se puede creer lo de la vida amorosa del Rey de España. Ni del actual, ni del Emérito.

Escala Palomitera: 1 sobre 5

Tiempo de Grieg (3)

#EsTiempoDeGrieg

En la mansión del Rey de la Montaña según una marca de refrescos

(Actualización)

En la mansión del Rey de la Montaña según una tienda de muebles

Lo que significa que si estás con la tele encendida pero sin prestar mucha atención, no sabrás si te están diciendo que consumas una dosis de azúcar que es la chispa de la vida o que te dispongas a montar un mueble sueco.

Tiempo de Grieg (2)

Tiempo de Grieg

Stranger Things 2

#HemosVisto
#spoilers
#StrangerThings2

sensacine

ATENCIÓN: spoilers y cintas VHS

StrangerThins

¿Te gustó la primera temporada de Stranger Things? Entonces la segunda temporada es, simplemente, imprescindible. ¿No viste la primera temporada? ¡NO SIGAS LEYENDO! Antes has de mirar esto.

¿Qué nos vamos a encontrar en esta temporada que no hayamos visto en la primera? ¿Hay algún valor añadido o se trata simplemente de un “más de lo mismo”?

Lo primero que vamos a comprobar es que la serie ha perdido ese punto de vista infantil que asomaba en la T1. Ha madurado, tanto como sus protagonistas, que ahora, apenas un año después, son adolescentes.

Así que si en la T1 algunos pasajes recordaban a películas “con niño” como ET, ahora nuestra memoria reconoce imágenes de Alien, o incluso de Jurassic Park.

La serie refuerza los argumentos que se describían en la primera temporada: instalaciones secretas del Gobierno, conspiraciones, niños con un increíble afán de aventuras y padres que no se enteran de (casi) nada.

Lo mejor: La trama es consistente, una evolución correcta de lo que pasó en la T1.
Lo peor: Coquetean con ese “más de lo mismo” que se decía más arriba.

Escala Palomitera: 4 sobre 5 (sí, es mejor que la T1)

El Muñeco de nieve (The Snowman)

#HemosVisto
#spoilers
#TheSnowman
#ElMuñecoDeNieve

e·cartelera, filmaffinity

ATENCIÓN: spoilers y frío nórdico

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¿Te gusta el cine negro? ¿Te has apuntado a la moda de las películas escandinavas con crímenes y misterios? Entonces, El Muñeco de Nieve no te decepcionará… demasiado. Hay una serie de crímenes sin resolver que ocurrieron en el pasado, y de pronto empiezan a darse unas desapariciones que parecen de algún modo conectadas con éstos. Una joven policía obsesionada con los casos antiguos investiga dicha conexión en compañía de un inspector que pasa por sus peores momentos.

Lo mejor: Se recrea de un modo bastante satisfactorio una atmósfera en la que [casi] todo el mundo es sospechoso.

Lo peor: Algunas cuestiones quedan sin resolver o tienen un encaje dudoso. Falta profundidad en alguno de los protagonistas.
Lo peor (2): Los crímenes ocurren cuando nieva. En Noruega. No en Qatar. Vale.

Escala Palomitera: 2 sobre 5

 

Juan Perro. El Viaje

#HemosVisto
#spoilers
#JuanPerro
#ElViaje

ATENCIÓN: spoilers, soul y R&B con toques caribeños

JuanPerro

¿Conoces o has oído hablar de la Movida Madrileña de los ’80? ¿Te gustó Radio Futura? ¿Coreaste Escuela de Calor?

¿Eres de los que piensa que lo peor que pudo hacer este grupo fue evolucionar hacia los sonidos caribeños?

Pues entonces… depende.

A pesar de que Santiago Auserón (Juan Perro) ha publicado en solitario más de 8 trabajos, su trayectoria vital sigue vinculada, así de ingrato, conservador e inmovilista somos su público, a su etapa de Radio Futura.

Ya se ha comentado que este grupo fue dando en sus últimos tiempos y hasta su disolución pinceladas cubanas y jamaicanas a su estilo, y Juan Perro ha continuado en solitario por ese camino. Con El Viaje, sin embargo, se decanta por un sonido más íntimo y ligado a la música negra del sur de Estados Unidos.

Al final todo dependerá de lo que le importe a cada cual abrirse a nuevos sonidos o propuestas arriesgadas, pero con El Viaje no esperes exclusivamente son cubano. Juan Perro / Santiago Auserón anda experimentando con el R&B y el soul, como ya anticipaba en su anterior trabajo La Zarabanda, del que ha extraído bastantes temas para esta gira, pero montando un espectáculo más… personal, sin grandes parafernalias orquestales. En el escenario sólo verás a tres personas. Pero no te equivoques, lo llenan.

Juan Perro introduce con un relato cada canción que va a interpretar, lo que no sólo las contextualiza, sino que le dan al concierto un aroma más cercano y ameno. Se inventa conversaciones con Louis Armstrong en una Nueva Orleans amenazada por negros nubarrones, discusiones con las musas o encuentros con unos revolucionarios rusos bastante peligrosos. Explica detalles sobre ritmos afrocubanos introduciéndolos como el resultado de una somnolienta investigación en una biblioteca, y el hallazgo casual de un libro sobre infiernos o diablos… que arrancan más de una sonrisa.

Así que las canciones fueron principalmente íntimas y con giros lentos de jazz/soul. Al final (algo más de dos horas de concierto), fue adquiriendo ese ritmo cubano que muchos echábamos de menos, e interpretó un par de canciones que nos hicieron seguirle con las palmas. Señalar, como joya especial de su último trabajo, A morir amores.

Terminó, tras una ovación y el retorno al escenario, con la genial Semilla Negra. Y sí, la coreamos todos, todos.

Lo mejor: Frescura. Los solos de los músicos acompañantes.
Lo peor: No apto para almas nostálgicas

Escala Palomitera: 4 sobre 5

Blade Runner 2049

#HemosVisto
#spoilers
#BladeRunner

imdb, filmaffinity

ATENCIÓN: spoilers y nostalgia

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¿Eres de los que piensan que Blade Runner es una joya del cine? ¿Consideras que todas las interpretaciones que se han hecho sobre ella -o sobre la novela de Philip K Dick– son superfluas porque no importa qué sea o deje de ser Deckard, sino que lo realmente importante es que “todos esos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia”? ¿Eres capaz de recitar de memoria ese pasaje entero entonando como Rutger Hauer?

En inglés: Youtube
En español: Youtube

Pues entonces, Blade Runner 2049 te decepcionará. Mucho. Y no sólo por lo lenta que se hace (en algún sitio se ha llegado a comentar que cada escena se alargó a propósito con el fin de hacerla más… ¿trascendente?).

Si la primera, la original Blade Runner, plantea el derecho a la vida y por ende la Humanidad de los replicantes, la secuela abunda en esa idea implantando en el protagonista la duda sobre un origen que él parecía tener claro hasta que empieza a descubrir ciertos indicios a lo largo de una investigación policial relacionada con un viejo replicante que ha logrado escapar durante años.

Esto hará que se tambalee todo el precario sistema social existente, siendo vital profundizar en la investigación iniciada y aclarar los cabos sueltos.

Lo mejor: La fotografía
Lo peor: No es Blade Runner, y es innecesariamente confusa. Para tratarse de una secuela, se hace necesaria una precuela que explique por qué han llegado donde han llegado y están como están. No basta con exigir al espectador leer varias parrafadas al comienzo, como si fuera Star Wars.

Escala Palomitera: 2 sobre 5

Big Little Lies

#HemosVisto
#spoilers
#BigLittleLies

imdb, filmaffinity

ATENCIÓN: spoilers y vuelta al cole traumática

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¿Estresados por la vuelta al cole? ¿Preocupados por la vida social de vuestros hijos? ¿Y por la vuestra en ese entorno?

Eso es Big Little Lies (Pequeñas Grandes Mentiras / Grandes Pequeñas Mentiras). Una miniserie de siete episodios que abre con el primer día de curso de unos chavales de 6 años en una zona acomodada de California, y el trajín que tienen, sobre todo las madres, para afrontar las entradas y las salidas del cole y otras rutinas, además del no siempre agradable reencuentro con el resto de progenitores.

Para empeorarlo, ya en las primeras secuencias se descubre un caso de bullying que inevitablemente hará tomar partido a las familias protagonistas.

Pero en realidad la serie no abre ahí, sino con una muerte, ocurrida durante un evento organizado por el colegio unas semanas después. Toda la serie, sus siete episodios, son un flashback de los sucesos que llevaron hasta ese momento, aderezados con pequeñas notas al margen protagonizadas por otros padres del cole, testigos lejanos de los sucesos de las últimas semanas, que tratan de hilar una secuencia mientras son interrogados por la policía.

Lo novedoso de la trama es que hasta el último momento, hasta el minuto cuarenta y pico del último episodio, no sabremos quién es la víctima, ni cómo murió.

¿Es entonces una serie sobre la investigación de una muerte violenta? Pues tampoco. Lo cierto es que apenas somos los espectadores de los acontecimientos que desembocan en esa muerte. Una vez ocurrida, poco más hay que contar.

Así que no, no es una serie sobre una muerte. Tampoco es una serie sobre problemas de parejas, o problemas de familias con hijos en un entorno tremendamente competitivo.

O quizá sea todo eso. Pero lo que sí es, es una serie sobre música. Música en los móviles, ya sea en unos auriculares personales o en los altavoces de una casa vía streaming; música en los coches, que se enlaza de nuevo con los auriculares de otra persona; música en portátiles funcionando como karaoke, o en la pantalla de una tele gigante en el salón. Música en la lista de reproducción gestionada por una niña.

Música, en fin, en las actuaciones en directo de alguno de los protagonistas.

Lo mejor: Nicole Kidman, el papel más completo.
Lo peor: algunos personajes son sólo leves trazos y se podría haber profundizado más en ellos aun a costa de alargar el número de episodios.

Escala Palomitera: 4 sobre 5

Múltiple (Split)

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imdb, filmaffinity

ATENCIÓN: spoilers y gente pirada

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¿Estás harto de thrillers convencionales? ¿Eres de los que duermen las películas-de-domingo-por-la-tarde de “la secuestran, la violan, la matan”? Entonces Múltiple es para ti.

Sí. Es una película en la que secuestran a unas chicas. Pero aquí acaba el parecido.

Múltiple es una película cuyo principal punto de vista es el de las niñas secuestradas. Olvídate de ver a padres angustiados comiéndose las uñas, o a policías desplegando infinidad de medios en plena alerta Amber. No hay ni una sola escena sobre eso. Así podremos centrarnos en lo que realmente importa: las chicas y su secuestrador.

Y su terapeuta.

Porque en Múltiple nos adentran en el mundo de la psiquiatría describiendo de forma bastante accesible el trastorno disociativo, como también podría haber hecho La Sombra de los Otros (6 souls) antes de perderse en divagaciones, misterios y cosas aún más raras. A partir de esa premisa Shyamalan nos hace ir admitiendo la posibilidad de que la personalidad número 24 del protagonista, que aún permanece oculta, sea menos convencional.

Un filme bastante bien construido en el que no duele que la trama se vaya desarrollando por caminos hasta cierto punto predecibles. Para que al final le quede al espectador la certeza de que hay más monstruos.

Sí, es de M. Night Shyamalan, pero se entiende casi todo. Quizá el guiño final sea innecesario, pero no estorba. Aunque obligue a desenterrar alguna de tus viejas cintas VHS.

Lo mejor: angustioso ambiente de thriller. Desenlaces (porque hay varios) interesantes.
Lo peor: Una vez se descubre que hay otras historias además de la principal, se echa de menos que no se ahonde más en ellas.

Escala Palomitera: 4 sobre 5

La Llegada (Arrival)

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ATENCIÓN: spoilers y comunicación con visitantes extraterrestres

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¿Qué pasaría si de pronto apareciesen repartidas por la Tierra una docena de naves espaciales extraterrestres? ¿Cómo se establecería el contacto con una civilización tan avanzada como para haber llegado hasta aquí? ¿Qué les preguntaríamos, y, sobre todo, cómo?

De algo aparentemente tan sencillo, o tan obviado, al menos tras ver algunas(*) de las películas que se han rodado sobre el tema, surge La Llegada. Aunque en este caso los científicos no son tan listos como en Encuentros en la Tercera Fase, y tampoco tienen a mano la famosa frase musical:

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¿Qué tiene entonces La Llegada que la convierte en una película tan especial? Pues que se trata de una aproximación bastante seria a cómo se produciría el intercambio de información con una inteligencia alienígena. Empezando incluso por una pregunta básica que no se suele plantear nunca: ¿son los entes que han llegado un interlocutor válido?

Un intercambio, además, siempre encorsetado por la (hasta cierto punto) natural desconfizanza de políticos y militares, ¡y de los ecologistas! De modo que no sólo se plantea la problemática de dicha comunicación o sus aspectos técnicos, además se muestran las reacciones del resto de la Humanidad a esta visita.

(*) Por ejemplo:
Mars Attacks!
Ultimátum a la Tierra

¿Visitantes? ¿Lenguajes? Inevitable mencionar Empotrados, de Ian Watson. Eso sí, difícil lectura donde las haya. Advertidos quedáis:

Un universo de Ciencia Ficcion
Das Bücherregal

Lo mejor: Amy Adams. Lejos ya de Encantada.

Lo peor: el ritmo. Es lenta en algunos momentos y acelerada en otros. Hasta el punto de perder la noción del tiempo que llevan los protagonistas con sus tareas. Forest Whitaker, irrelevante.

Escala Palomitera: 4 sobre 5

 

El Desconocido

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ATENCIÓN: spoilers, angustia y operaciones bancarias [casi] rutinarias

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¿Has invertido y perdido dinero con productos financieros complejos o has conocido a alguien que lo haya hecho? (atención, riesgo de referencia circular).

Pues entonces entenderás, y quizá hasta cierto punto justifiques, el comienzo de la trama de esta película. Sobre todo cuando ya desde el principio se muestra a un Luis Tosar conocedor de las martingalas necesarias para tapar las vergüenzas de sus jefes.

El Desconocido tiene dos claros momentos en su desarrollo. El inicial, que transmite de forma muy real la angustia de la amenaza, y el final, una vez que la policía rodea el vehículo de Luis y acordona la zona. Mientras que el primero es absolutamente creíble, tan real como para impactar al espectador más sensible, el segundo deja una sensación bastante incómoda. Sinceramente, yo no me creo que me permitiesen circular por La Coruña una vez se ha demostrado que la bomba es real.

Aún así, quizá por las cosas que han pasado recientemente, la película es absolutamente creíble. Porque, ¿cuánto de peligroso es alguien que no tiene nada que perder?

Lo mejor: Luis Tosar: muy convincente.
Lo peor: aunque Javier Gutiérrez Álvarez hace un gran papel, como es habitual en cine, son incomprensibles las cosas que pasan alrededor de su personaje, como que la policía no verifique quién es, o que se desplace más rápido que Luis Tosar o la misma policía.

Escala Palomitera: 4 sobre 5

Cien Años de Perdón

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ATENCIÓN: spoilers, atracadores de bancos y otros ladrones

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¿Te gustan las películas de atracos a bancos? Hablamos de las de entrar con armas y tomar rehenes, no confundir con el subgénero de robos ingeniosos a cajas fuertes más o menos fuera de horas, como en Ocean’s Eleven o en un Plan Brillante.

¿Eres de los que disfrutan viendo cómo se desarrolla el Plan Perfecto que inevitablemente (o aparentemente) fallará?

Pues entonces Cien años de Perdón es para ti. Una acción que no se sale de los cauces establecidos y que además contiene los suficientes giros argumentales para que aun estando en territorio conocido sea lo suficientemente innovadora como para no convertirse en un déjà vu.

Algún que otro detalle chirría, como la justificación de uno de los atracadores por dedicarse a ese oficio, y es que presuntamente un banco le robó o le perdió su dinero en una inversión arriesgada tiempo atrás. Como en otra película reciente de Luis Tosar (atención: riesgo de referencia circular). También chirría un poco la trama de corrupción política en la que quizá lo único creíble es la actuación de Raúl Arévalo.

A pesar de eso, es una película que se deja ver, que entretiene y que en algunos casos sorprende.

Lástima de que el ingenioso título desvele tanto de lo que vamos a ver.

Lo mejor: Luis Tosar. Convincente. Sin olvidar a Raúl Arévalo, a quien cada vez se le dan mejor los papeles de malo.

Lo peor: una trama de corrupción política algo confusa metida con calzador como justificación de lo que realmente está pasando, y que recuerda demasiado a Plan Oculto, la enorme película de Spike Lee.

Escala Palomitera: 4 sobre 5

Belleza Oculta (Collateral Beauty)

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ATENCIÓN: spoilers y reflexiones sobre los grandes Temas

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¿Espiarías a un socio y amigo tuyo para cerrar la venta de vuestra empresa?

Porque ése es el punto de partida de Belleza Oculta. Alguien que ha sufrido una pérdida irreparable pierde interés por los asuntos más terrenales y un grupo de compañeros de trabajo quiere conseguir su inhabilitación con el fin de no perjudicar la venta del negocio.

Lo sorprendente es que pasados unos minutos el espectador no se plantee lo moralmente incorrecto de esa situación. Ninguno de esos compañeros (salvo por algún pequeño detalle), quiere que el protagonista mejore personal o emocionalmente, ya que lo dan por imposible. Su afán es certificar que está loco.

Belleza Oculta es una película que trata del dolor y de la superación, como otras que se han comentado aquí, pero lo hace desde una perspectiva más amable y que deja un mejor sabor de boca.

Lo mejor: Helen Mirren, enorme.
Lo peor: [este campo se ha dejado intencionadamente en blanco]

Escala Palomitera: 5 sobre 5

Eye in the Sky (Espías desde el Cielo)

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ATENCIÓN: spoilers y dilemas morales

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¿Eres de los que piensan que vale todo en la guerra? ¿Incluso cuando al enemigo que tienes enfrente -sea declarado o no-, sí le vale todo? ¿Cuál es el daño colateral -eufemismo para la sangrienta verdad- admisible cuando la guerra se desarrolla fuera del campo de batalla, o mejor dicho, cuando el campo de batalla son las calles y los centros comerciales de una ciudad? ¿Es ético valorar en porcentajes si alguien vive o muere?

Todas esas preguntas se plantean en Eye in the Sky: una magnífica aproximación a una guerra cuyos principales mandos y ejecutores se encuentran a miles de kilómetros de distancia del campo de batalla, recibiendo información en tiempo real desde aviones no tripulados que también tienen la capacidad de hacer desaparecer en un instante una casa en un barrio cualquiera de cualquier lugar del planeta. Una decisión que tomará friamente -o no- un mando militar con unas órdenes que cumplir que quizá disponga de la perspectiva que le permita valorar las consecuencias de ello, pero que a su vez se apoyará en las decisiones del inevitable entramado burocrático y político que parece únicamente pensar en las próximas elecciones o en lo que publicarán los medios.

Y todo eso se puede resumir en una única pregunta: ¿Tú qué harías?

Lo mejor: Helen Mirren, en su papel de implacable militar con una misión que cumplir. Sin olvidar a Aaron Paul, con bastante más conciencia que en Breaking Bad.

Lo peor: Te podría pasar a ti. ¿O acaso te atreverías a poner la mano en el fuego de que tus vecinos no son un objetivo militar en esta nueva guerra global?

Escala Palomitera: 4 sobre 5